Selección por Consecuencias: Evolución y Conducta Humana | William Baum

El Principio que Conecta Evolución y Conducta

¿Por qué hacemos lo que hacemos? Un mismo principio puede explicar tanto cambios evolutivos como patrones de conducta en la vida diaria: la selección por consecuencias.

Este principio es central en el conductismo radical desarrollado por B.F. Skinner. William M. Baum lo sistematiza con claridad en su obra Understanding Behaviorism: Behavior, Culture, and Evolution (2017), que es la base de esta serie.

El objetivo es práctico: presentar un marco que mejore explicación, predicción y cambio de conducta. Este marco vale en la medida en que funciona. No es dogma, es herramienta.

Para quién es este contenido: Si eres psicólogo, estudiante o simplemente quieres un marco no mentalista para entender hábitos y conducta humana, este vídeo y texto son para ti.

Conducta: Una Categoría Más Amplia de lo que Pensamos

En este contexto, conducta es todo lo que los organismos hacen. Esto incluye tres categorías que normalmente separamos: acciones observables (conducir, levantar la mano), procesos mentales (pensar, imaginar) y respuestas fisiológicas (sonrojarse, dilatación de pupilas, erección).

Puede sorprender esta amplitud. La categoría «conducta» suele reservarse para acciones observables, pero aquí estamos incluyendo también lo que comúnmente llamamos «mental» y lo fisiológico.

Dentro de este espectro hay conductas que experimentamos como automáticas (dilatación de la pupila) y otras que vivenciamos como voluntarias (levantar la mano para preguntar). El lenguaje mismo refleja esta diferencia: decimos «se me dilata la pupila» o «tener un ataque cardiaco», no como algo que hacemos sino como algo que nos ocurre. Son procesos distintos que explicaremos más adelante, pero por ahora el punto central es comprender que llamaremos conducta a todo aquello que los organismos hacen, sin dividir prematuramente el mundo en dos misterios separados.

Por Qué Necesitamos la Teoría Evolutiva para Explicar la Conducta

Existen dos razones fundamentales para apoyarnos en la teoría evolutiva al explicar la conducta. La primera es que parte significativa de nuestro repertorio conductual está ligado a la historia filogenética, es decir, a nuestra herencia genética acumulada a lo largo de generaciones. Las variantes heredables tienden a perpetuarse cuando, en promedio, incrementan el éxito reproductivo. Por ejemplo, salivar ante la presencia de comida es algo que compartimos con nuestros antepasados y con otras especies. Aquellos organismos que salivaban para preparar la digestión incrementaron la probabilidad de reproducirse y, con ello, de perpetuar sus genes.

Puede parecer increíble que algo tan ínfimo como salivar pueda incrementar la probabilidad de reproducción, pero es útil pensar en la metáfora de las gotas que caen sobre una piedra. Cada gota sería una generación, y al cabo de muchas generaciones podemos apreciar el hoyo que se ha formado. Este tipo de efectos no se aprecian con una sola gota, con una sola generación, sino que requieren una perspectiva histórica de largo alcance.

Consideremos la ansiedad al hablar en público, tan común en nuestra especie. Si nos ponemos en la piel de nuestros ancestros viviendo en comunidades humanas de cien a ciento cincuenta individuos, sin derecho moderno, donde decir algo que cayera mal podía suponer la muerte o la expulsión del grupo, podríamos formular la hipótesis de que la ansiedad ante el juicio de los demás, ante la evaluación social, es algo que heredamos, no algo que necesariamente tengamos que aprender en nuestra propia vida. De manera similar, el asco ante ciertas sustancias, insectos o carne podrida pudo ser seleccionado porque, en promedio, aquellos individuos que sentían repulsión ante insectos portadores de patógenos, carne podrida o heces tendieron a enfermarse menos y a reproducirse más.

El miedo y el asco forman parte de lo que conocemos como emociones básicas. Serán entonces estas emociones tan involuntarias como la respuesta del gato cuando se le eriza la piel ante una amenaza, recurso que le sirve para parecer más grande y disuadir al oponente. Cuando se nos eriza la piel podría ser un vestigio de este mismo mecanismo. Claramente existe un tipo de conductas que no necesitamos aprender durante nuestra historia vital, que llamaríamos ontogenia, sino que las heredamos porque se incorporaron en el repertorio de la especie a lo largo de su historia filogenética.

El Sesgo Hacia las Causas Inmediatas

En este punto resulta evidente por qué necesitamos recurrir a la evolución para explicar la conducta. De lo contrario caeríamos en el error de intentar explicar el hoyo mirando solamente una gota. Normalmente, las explicaciones que solemos dar apelan a causas inmediatas. Por ejemplo, para explicar por qué se enciende una bombilla decimos que es porque hemos cerrado el circuito, o más simple aún, porque hemos dado al interruptor. Si preguntamos por qué se abre una puerta, respondemos que porque hemos aplicado fuerza sobre ella y las bisagras rotan. Este tipo de explicaciones son de causas inmediatas mecánicas y locales, que normalmente son suficientes para muchos fenómenos.

Si vemos que un diamante raya el cristal, rápidamente podemos concluir que el diamante es más duro que el cristal. Parece que estuviéramos predispuestos a entender causas inmediatas. Por contra, nos cuesta mucho más reconocer las causas que operan en largos periodos de tiempo, a lo largo de muchas generaciones. Aunque vale la pena mencionar que en psicología, al menos desde Freud, se tiene en cuenta que causas pasadas pueden estar influyendo en la conducta actual. Hoy es de sabiduría popular que un trauma pasado puede tener efectos en el presente.

El punto es que esto va mucho más allá de la conducta individual. Para entenderlo hay que considerar escalas temporales mucho más amplias. El problema es que esta intuición hacia lo inmediato nos sesga, y entonces tratamos de explicar conducta con causas inmediatas cuando para explicarla se requieren causas históricas temporales que pueden encontrarse distribuidas entre grandes o no tan grandes periodos temporales.

Si preguntas por qué se dispara una pistola, rápidamente puedes decir que porque alguien pulsó el gatillo. Seguimos con causas: el gatillo acciona el percutor, el percutor golpea el fulminante, el fulminante genera una explosión y entonces sale la bala. Todo esto son ejemplos de explicaciones físicas continuas de causas inmediatas. Observa esto: suelto una bolsa y cae. Entre el soltar y el caer se puede dar una explicación inmediata. ¿Por qué cae la bolsa? Porque la he soltado. Ahora, cuando nos preguntamos por qué has soltado la bolsa, tendemos otra vez a recurrir a causas inmediatas y damos explicaciones en lenguaje coloquial como «porque quiero», «porque me gusta soltar bolsas» o «porque tengo la creencia de que esto va a servir para mi explicación».

Como vemos, cuando nos falta una explicación histórica tendemos a caer en lo que en jerga llamamos explicaciones mentalistas. En lenguaje cotidiano las utilizamos constantemente y está bien para conversar. Decimos cosas como «me pongo esta ropa porque me gusta», pero realmente esto es una causa suficiente para explicar. Veamos algunos ejemplos más que suenan un poco más a psicólogo: «no se sube al escenario porque tiene ansiedad» o «no se sube al escenario porque tiene creencias limitantes».

El problema es que estas explicaciones a menudo no explican, simplemente re-etiquetan y pasan el problema de un sitio a otro. «No trabaja porque es un vago», de acuerdo, ¿y por qué es un vago? Porque no trabaja. Nos lleva a explicaciones circulares. Más útil para el cambio sería preguntarnos qué es ser un vago exactamente, qué variables controlan esa «vagancia». Sin respuesta a estas preguntas no hay intervención posible.

El Problema de las Causas Internas

Claro que en el lenguaje cotidiano apelar a causas internas puede ser útil para conversar, pero como explicación científica se vuelve insatisfactorio por muchas razones. Entre ellas, porque no añade variables manipulables. Y no solo es que no añada variables manipulables, sino que tampoco mejora la predicción. Además, lo que es peor, corta el análisis justamente donde debería empezar, porque está dividiendo el mundo en dos misterios y traslada el problema de un sitio a otro. Ahora el problema se encuentra en el reino de lo interno, de lo mental, lo cual no es que no solucione el problema, sino que lo amplía y lo torna irresoluble.

Si hasta aquí no se entiende del todo por qué a nivel científico apelar a causas internas tiende a ser insatisfactorio, es totalmente natural, pues es algo muy presente en nuestra cultura, que hacemos constantemente al hablar y que además es altamente intuitivo. Por lo que desbancar esta cuestión merecería su propio vídeo. En lenguaje algo más técnico, diríamos que apelar a causas internas tiende a ser una conducta que está reforzada por la comunidad verbal. Es decir, decimos cosas como «hago esto porque me gusta» y se acepta como explicación.

Que quede claro que en ningún caso estoy negando que pensar y sentir puedan mediar. Lo que estoy cuestionando es su utilidad como explicación. Recordemos que el tema central de este vídeo es sostener que la selección por consecuencias puede explicar tanto lo que pensamos como lo que sentimos y lo que hacemos. Para dar un ejemplo, la tendencia que tenemos a buscar dulces probablemente no es algo que elijas, sino que has heredado. En situaciones de escasez en periodos ancestrales, esta tendencia a buscar densidad calórica era algo absolutamente útil para la supervivencia y para perpetuar los genes. El supermercado es algo nuevo, mientras que la conducta de buscar dulces es algo que tiene millones de años.

La Selección Natural Como Explicación Histórica

La teoría evolutiva nos da justamente eso: la explicación histórica. Como explica Baum (2017), para explicar por qué las jirafas tienen el cuello largo necesitamos apelar a muchas vidas, generaciones, muertes, ambientes, antecesores. La contribución de Darwin nos permite ver cómo el fenómeno se puede explicar mediante la historia de selección sin apelar a una voluntad, a un diseño, a un creador, sino a procesos naturales. Lo que llamamos selección natural. Y parece increíble cómo un proceso tan simple puede dar pie a tanta diversidad, tanta complejidad.

Aquí está la conexión con la conducta. La selección por consecuencias puede generar cambios anatómicos, como el cuello de la jirafa, y también puede establecer repertorios conductuales. Aunque puedan parecer temas aparentemente no tan relacionados, se pueden comprender bajo el concepto unificador de selección por consecuencias. Son más bien parte de un continuo, solo que en distintas escalas temporales y en distintos tipos de población: por un lado poblaciones de individuos, por otro lado poblaciones de conductas.

Ahora bien, para entender cómo este proceso aplica a poblaciones de conductas será útil ver la escala macro, es decir, cómo el proceso aplica en la evolución. Por ejemplo, las tortugas tienen caparazón y pueden utilizar el caparazón para esconderse y protegerse, que sería conducta. Cada tortuga puede esconderse y protegerse en el caparazón muchísimas veces en su vida, conducta individual, pero para que se desarrolle el caparazón se necesitan millones de años, no solamente poblaciones de conductas sino poblaciones de individuos a lo largo de mucho tiempo.

Evolución y conducta se influencian recíprocamente. Por ejemplo, si hubiera un cambio estable en el entorno en el que ya no fuera una ventaja para la supervivencia el esconderse dentro del caparazón, dentro de mucho tiempo quizá veríamos modificaciones, pues el caparazón ya no sería algo que se está seleccionando. Entonces las modificaciones serían a nivel morfológico, no solamente conductual. Por supuesto habría un cambio conductual. Cuando hablamos de selección natural y de conducta estamos hablando de un mismo proceso desde niveles de análisis distintos que son interdependientes.

Por eso no es de extrañar que el propio Darwin dedicara un capítulo completo de su obra El Origen de las Especies a los instintos, es decir, a la conducta, y posteriormente dedicara un libro entero a la expresión de las emociones en los hombres y en los animales, es decir, a la conducta.

Las Tres Condiciones para la Selección Direccional

Retomando la evolución, en toda población de individuos los organismos varían en base a factores ambientales (lo que nos ha tocado vivir) y en base a nuestra genética. Las jirafas nacen con variaciones en la longitud del cuello. Imagina que se dan cambios ambientales que hacen que las fuentes de alimento cada vez estén más arriba. Esto favorecerá que se seleccionen cuellos cada vez más largos. Los individuos con cuellos ligeramente más largos tenderían a comer un poco mejor y con eso a estar un poco más sanos, a tener menos enfermedades, a escapar mejor de las presas y, al final, lo que importa: a reproducirse mejor.

Claro que un individuo con el cuello corto puede ser un fenómeno y le puede ir muy bien, pero esto a la larga, en promedio, hace diferencia. Mientras la situación ambiental continúe, se irán seleccionando fenotipos con los cuellos cada vez más y más largos, y así la media de longitud de los cuellos de la población va creciendo. Esto es selección natural sin magia: variación, selección, retención (Baum, 2017).

Pero hasta cuándo siguen creciendo los cuellos. En resumen, diríamos que los cuellos seguirán creciendo mientras esto siga favoreciendo la probabilidad de dejar descendencia. A eso le llamamos fitness en el sentido técnico: la capacidad relativa de un genotipo de dejar descendencia viable en relación a otros genotipos de la población y en un ambiente concreto. Entonces el fitness al que me estoy refiriendo no significa estar más fuerte ni ser el mejor, significa éxito reproductivo relativo en una población y en un ambiente concreto.

Los cuellos no crecen ilimitadamente. La longitud de cuellos se estabiliza cuando los costes empiezan a superar los beneficios para la reproducción. Cuellos más cortos tienen bajo fitness porque no alcanzan el alimento. Cuellos excesivamente largos también tienen bajo fitness por costes metabólicos y vulnerabilidad. El rasgo se estabiliza en el rango que maximiza el fitness.

Aquí vamos viendo cómo conducta y anatomía se relacionan. Si las jirafas no comieran, conducta, de cierto tipo de árboles, el rasgo cuello largo no tendría sentido. Si llegara un arbusto que poblara el hábitat y que estuviera a nivel del suelo, tener el cuello largo empezaría a ser probablemente una desventaja. Si las tortugas no se escondieran, conducta, y estuvieran viviendo en un hábitat en el que no solo no sea necesario esconderse sino que pudiera ser una desventaja, ese rasgo anatómico tendería a ir desapareciendo o a irse modificando.

El genotipo promueve ciertos repertorios conductuales y estas conductas influyen en qué genotipos se seleccionan. Es decir, la relación es bidireccional en distinta escala temporal. Este mismo proceso, la selección por consecuencias, opera en distintos niveles, en distintas escalas temporales.

Tres Niveles de Selección por Consecuencias

Vamos a presentar tres niveles sin ánimo de ser exhaustivos, solamente para ilustrarlo. Baum (2017, Capítulo 4) distingue estos tres niveles de variación y selección:

Primero, la filogenia: cambios entre generaciones en escalas temporales enormes. De este nivel dependen genes, reflejos, condicionados, predisposiciones heredadas. Por ejemplo, venimos con predisposición a ciertos miedos. Es más fácil aprender a tener miedo a las serpientes que a las sillas o a las flores. Por qué tienes el acento que tienes es el resultado de la predisposición genética a hablar, esto lo explicaríamos desde la filogenia, más el entorno, tu comunidad verbal, la gente de la que te rodeabas.

Lo que nos lleva a la siguiente rueda del engranaje: la ontogenia. Aquí entra el aprendizaje por experiencia e incluye lo respondiente, como aprender a salivar ante señales predictivas, como serían ejemplos aprender a salivar ante el anuncio de un pastel. No nacemos con esto, lo aprendes en tu vida. O cómo sentir náuseas ante una comida que te sentó mal. También esto es resultado de aprendizaje respondiente durante tu vida. Y por otro lado el aprendizaje operante, que es seleccionado por consecuencias durante tu vida, como aprender a conducir o levantar la mano para preguntar, sería el tipo de conducta que sentimos como voluntaria a la que nos referíamos anteriormente. Lo desarrollaremos más adelante.

Por ahora, sabiendo todo esto, no te parece absurda la manida pregunta de genética o entorno. Siempre la respuesta es genética y entorno interactuando entre sí. Por ejemplo, por mucho que pongas el mejor entorno posible para que un perro aprenda a hablar, no lo va a conseguir. Por contra, si preparas el ambiente para que un loro aprenda a hablar, quizá no aprende exactamente a hablar como nosotros, pero está mucho más predispuesto a la imitación vocal.

Otro nivel sería la cultura: prácticas, ideas que se transmiten entre personas y a través de generaciones. Puedes imaginarlo como tres ruedas de un engranaje que giran a distintas velocidades pero se arrastran entre sí. Por un lado tendríamos la filogenia, la parte relativa a la genética, que es muy lenta. La rueda pequeñita sería la relativa a la ontogenia, a lo que aprendes durante la vida. Y una rueda más de nivel mediano sería la cultura.

Condiciones para la Selección Direccional y Acumulativa

En este vídeo nos centramos en la filogenia, y en próximos vídeos entraremos en la ontogenia, es decir, en dar respuesta a por qué haces lo que haces en base a tu historia vital. Hoy genes, luego biografía. Volviendo a la filología, para que la selección natural produzca un cambio direccional y acumulativo en una población durante generaciones se necesitan tres condiciones.

Primera condición: el factor ambiental que favorece el rasgo debe mantenerse suficiente tiempo. Si en el caso de las jirafas cambiara el ambiente, por ejemplo entrara un arbusto que beneficiara cuellos más cortos, este cambio direccional y acumulativo de extenderse cada vez más el cuello cambiaría de dirección. Otro ejemplo clásico es el de la polilla del abedul en Inglaterra. Cuando en la revolución industrial había mucha contaminación por hollín, se fueron seleccionando formas de polillas cada vez más oscuras. Y cuando se revirtió esta contaminación por hollín, volvieron a seleccionarse formas más claras. Cuando el ambiente cambia, la dirección cambia.

Segunda condición: la variación del rasgo debe reflejar, al menos en parte, una variación genética. Por ejemplo, si el cambio se debiera exclusivamente a una dieta, no habría esta acumulación generación tras generación del incremento de la longitud del cuello.

Tercera condición: los individuos deben competir en recursos limitados. Debe haber reproducción diferencial. En otras palabras, unos individuos deben dejar más descendencia que otros. Cuando la población se encuentra cerca de un óptimo adaptativo, la selección direccional se atenúa y la distribución de variantes tiende a mantenerse en cierto rango. Y no es que la selección desaparezca. La evolución continúa, ahora continúa operando de forma estabilizadora, eliminando desviaciones que reducen el éxito reproductivo.

Por qué no todos medimos dos metros. Porque la altura tiene costes como pueden ser costes metabólicos, costes en las articulaciones, costes en la longevidad. El equilibrio depende del paquete completo y del entorno. Los pavos reales tienen colas vistosas que aumentan su éxito reproductivo, pero también tienen costes para la supervivencia y la movilidad. Por lo tanto las colas se mantienen en el rango donde el beneficio reproductivo supera los costes.

Lo mismo ocurre con la conducta. El éxito de un patrón de vida varía con variables como las horas de trabajo. Trabajar más puede aumentar los ingresos, pero a partir de cierto punto los costes en salud, relacionales y energéticos empiezan a pesar. Dadas las consecuencias, el repertorio conductual se organiza en un punto de equilibrio en vez de tender a máximas horas trabajadas. Y ese equilibrio puede emerger sin necesidad de que nadie lo plane, sin diseño y sin intención.

Del Diseño Aparente a la Explicación Natural

En esto radica el giro conceptual de la selección por consecuencias: no necesita apelar a intención, a un plan o a un «para qué». Este proceso repetido una y otra vez produce una complejidad que parece diseño sin necesidad de serlo. La apariencia de propósito emerge de la variación, la reproducción y el éxito diferencial.

Cuando desconocemos el proceso tendemos a hablar de forma teleológica. Si no sabemos física podemos decir que los objetos caen porque «quieren caer», aludiendo a un supuesto propósito. En psicología pasa lo mismo. Si no ves la historia de contingencias, acabas diciendo cosas como «la ansiedad quiere protegerme» o «la depresión intenta decirte algo». Suena a causa interna con voluntad propia.

Hacer esto nos lleva al error del homúnculo: inventar un pequeño agente dentro de ti que decide por ti. Esto simplemente desplaza el problema de un lugar a otro sin resolverlo. Aquí conviene una distinción técnica:

  • Teleológico: implica que el fin o el propósito está actuando como causa (requiere intencionalidad o diseño previo)
  • Telenómico: reconoce que ciertos sistemas funcionan como si tuvieran propósito, pero esa apariencia emerge de la historia de selección, no de la intención

El ojo funciona para ver, no porque «quiera ver». El ojo funciona para ver porque ver incrementó el fitness en generaciones anteriores. Del mismo modo, no es necesario apelar a intenciones o deseos para explicar lo que hacemos. Estas son formas de hablar que confundimos con causas. El principio de selección por consecuencias también opera en nuestra conducta diaria.

Si tuviéramos que esperar a cambios genéticos para responder ante un depredador o para explorar nuevas fuentes de alimento, estaríamos muertos mucho antes de dejar descendencia. Qué pasa entonces. A lo largo de la evolución se seleccionaron procesos que permiten cambiar el repertorio conductual en una sola vida. Y a eso lo llamamos aprendizaje.

Siguientes Pasos en la Serie

En próximos vídeos entraremos ahí. Primero veremos lo que ya viene dado, es decir, los reflejos y los patrones fijos de acción. Y más adelante veremos el condicionamiento, el aprendizaje que te permite adaptarte sin esperar generaciones, sino en tu propia vida, siguiendo la misma lógica general: consecuencias seleccionando patrones, pero en otra escala temporal, en nuestra vida.

Si esto te interesa, en los siguientes será todavía más útil porque pasa en tu propia vida constantemente. Parte del objetivo de esta serie es aprender a pensar en términos de consecuencias distribuidas a lo largo del tiempo. Su valor no está en lo convincente que suene, sino en si sirve para explicar y cambiar la conducta.

Glosario de Términos

Conducta
Todo lo que los organismos hacen, incluyendo acciones observables, pensamientos, emociones y procesos fisiológicos.
Selección por consecuencias
Principio según el cual las variantes de una población (ya sean genes o conductas) que producen consecuencias favorables tienden a perpetuarse a lo largo del tiempo.
Filogenia
Historia evolutiva de una especie. Cambios entre generaciones en escalas temporales muy largas que afectan al repertorio genético y conductual heredado.
Ontogenia
Historia de aprendizaje de un organismo individual a lo largo de su vida. Cambios en el repertorio conductual que ocurren durante la vida del organismo.
Fitness
Éxito reproductivo relativo de un genotipo en una población y ambiente concretos. No implica ser más fuerte o mejor, sino dejar más descendencia viable.
Teleológico
Explicación que apela a un propósito o fin como causa del fenómeno. Implica intencionalidad o diseño previo.
Telenómico
Característica de sistemas que funcionan como si tuvieran propósito, pero cuya aparente finalidad emerge de la historia de selección sin requerir intención.
Explicación mentalista
Explicación que apela a causas internas no observables (deseos, creencias, voluntad) como si fueran suficientes para dar cuenta de la conducta, sin especificar las contingencias históricas que las produjeron.
Homúnculo
Error lógico que consiste en postular un pequeño agente interno que toma decisiones o causa la conducta, simplemente trasladando el problema explicativo sin resolverlo.

Referencias

Baum, W. M. (2017). Understanding Behaviorism: Behavior, Culture, and Evolution (3rd ed.). Wiley-Blackwell.

Darwin, C. (1859). On the Origin of Species by Means of Natural Selection. John Murray.

Darwin, C. (1872). The Expression of the Emotions in Man and Animals. John Murray.

Skinner, B. F. (1981). Selection by Consequences. Science, 213(4507), 501-504.